1. Teorías funcionalistas.
Uno de los principales representantes funcionalistas es Emile Durkheim, reconocido también como uno de los padres fundadores de la sociología de la educación, allá por el siglo XIX. Durkheim desarrolla parte de su sociología a partir de las bases teórico-filosóficas de Auguste Comte y Saint-Simon, que nacieron con posterioridad a la Revolución Francesa (1789-1799), cuando la burguesía estaba completamente consolidada en la sociedad. Para Durkheim, la educación tiene como funciones principales: proporcionar el pegamento social necesario para mantener la solidaridad, dotar de conocimientos técnicos y habilidades necesarios en función a las necesidades del lugar de trabajo y las condiciones tecnológicas cambiantes, humanizar y socializar a las personas. La educación como institución social, está a su vez conectada de diversas formas a la economía, a la familia, a la política y a la religión, donde todo en su conjunto debe funcionar en perfecta harmonía. El currículo y sus planes de estudio serán legítimos cuando sus componentes trabajan en pro de la solidaridad y de la integración, y no del pluralismo y de la diferenciación social. En cuanto a los roles del profesor y del alumno, el profesor es el instrumento que rellena la hoja en blanco (el alumno) con bienes sociales comunes.
Figura 1. Emile Durkheim.
Hacia los años 50, aparece la figura de Talcott Parsons, quien reestructura las ideas de Durkheim y crea el enfoque estructural funcionalista, el cual tuvo un peso importante en el análisis de la sociedad hasta los años 60. Desde este nuevo enfoque funcionalista, motivado por el contexto histórico de la Segunda Guerra Mundial, Parsons afirma que la escuela, como principal organismo social, es el vivo reflejo de la sociedad porque es el único sitio institucional donde se enseñan aptitudes y funciones sociales. La escuela es un lugar neutral, organizado para proporcionar a los estudiantes los conocimientos y habilidades necesarios para funcionar en sociedad, y también para promocionar la igualdad de oportunidades para todos, facilitando la posición de los estudiantes en la jerarquía social. No obstante, la igualdad de oportunidades no implica que no existan diferencias en los logros educativos, pero éstos son aceptables ya que, a pesar de que los estudiantes nacen en condiciones culturales y materiales desiguales, la educación tiene la capacidad de borrar esas diferencias, de forma que los estudiantes que alcancen un buen rendimiento escolar, serán altamente recompensados.
Figura 2. Talcott Parsons.
Las teorías funcionalistas de la educación han sido altamente cuestionadas y recibido muchas críticas, desde su forma de caracterizar a la escuela como un organismo independiente y neutral, hasta la hora de descuidar el papel de la ideología y del conflicto en la sociedad, etc. Por lo que han sido reemplazadas a menudo por teorías de la educación más radicales, como las “teorías críticas de la educación”, de las que se hablarán a continuación, y también por otros enfoques de la educación de carácter económico, como la “teoría del capital humano”, de la que también se hablará brevemente más adelante.
2. Teorías críticas.
Las teorías críticas de la educación surgen durante los años 20, en una Alemania plenamente convulsa (tras el final de la Primera Guerra Mundial), con la fundación del Instituto de Investigación Social de Frankfurt por un grupo de intelectuales marxistas. Sus trabajos se centraban sobre todo en la crítica de la sociedad capitalista desde las teorías marxistas, y en el desafío a las tradiciones de la modernidad, principal producto del capitalismo. Desarrollaron teorías que prestaban especial atención a los conflictos sociales y la desigualdad social, estudiándolos desde múltiples puntos de vista: económico, empírico, cultural, tecnológico, filosófico, etc. Para Horkheimer, considerado como el fundador ideológico del Instituto de Frankfurt, y quien acuñó el término de “teoría crítica”, el objetivo de esta teoría era mejorar la sociedad, de forma que en ella no existiera ningún tipo de explotación, opresión ni injusticia. Para ello era necesario trazar las desigualdades que tenían lugar en el sistema educativo, (donde por ejemplo los estudiantes de la clase obrera o de ciertos grupos minoritarios se caracterizaban por poseer un bajo rendimiento académico, en comparación con los estudiantes procedentes de las clases media y alta) y proponer soluciones para eliminarlas. La educación debía eliminar esta desigualdad fomentando en los estudiantes el desarrollo de una conciencia crítica, racional, y la independencia o emancipación, con el fin de formar personas librepensadoras.
Figura 3. Max Horkheimer.
3. Teoría del capital humano.
La teoría del capital humano surge tras la Segunda Guerra Mundial, en medio de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS, donde ambos se disputaban ferozmente el puesto como primera potencia mundial. Así, durante esta carrera a contrarreloj, se incrementó significativamente la inversión en el campo educativo, con la intención de avanzar lo más rápido posible en el ámbito científico y en el desarrollo de nuevas tecnologías.
El máximo exponente de la teoría del capital humano fue Theodore Schultz, a principio de los años 60. El postulado fundamental de esta teoría se basa en la productividad de la educación, que es medible, por ejemplo, a través de la determinación de las diferencias salariales entre los individuos con distintos niveles de educación, ya que, por lo general, los individuos con estudios superiores gozan de salarios más altos, a diferencia de los individuos que no los poseen. La visión de rentabilidad en la inversión educativa atrae no sólo a los políticos conservadores en pro del crecimiento económico de la sociedad, sino también a los progresistas que defienden la igualdad social. No obstante, también es puesta en duda y rechazada por una gran parte de la izquierda política, ya que, bajo esa perspectiva materialista de la educación, el éxito o estatus social de un individuo dependería fundamentalmente de la inversión que estuviera dispuesto a dedicar a su formación académica, más que de sus propias capacidades o talentos.
Figura 4. Theodore W. Schultz.
4. Teorías de la reproducción social.
En los años 70 surgen las teorías de la reproducción social, como denuncia del papel reproductor del sistema educativo en la jerarquía de clases, coincidiendo bajo este punto de vista con las teorías funcionalistas. Esta denuncia es protagonista en la obra “Los tres estados del capital cultural”, elaborada por Pierre Bordieu, uno de los representantes más destacados de las teorías de la reproducción. Para Bordieu, existen cuatro tipos de capital: económico, cultural, social (que se engloban a su vez en un capital simbólico, referido al prestigio social) y político. Además, estos tipos de capital pueden convertirse, es decir, que puedo invertir en uno para obtener otro. Su obra citada anteriormente, empieza como una crítica de las teorías del capital humano, exponiendo que el éxito escolar y, por ende, el éxito social de un individuo, no depende de que realice una mayor inversión o una mayor dedicación en su educación, sino que depende de lo que Bordieu llama “la transmisión del capital cultural”. La transmisión del capital cultural se refiere a la transmisión o herencia de la familia al individuo, del capital cultural, la cual se puede adquirir de diversas formas: en forma de conocimientos de los sujetos; en forma de bienes culturales como los libros; o en forma de titulaciones, y del capital social, basado en la vinculación a grupos o redes de influencia, entre otros. Bajo esta premisa de las teorías de la reproducción, la escuela forma a los estudiantes para que en el futuro sigan ocupando la misma posición económica, laboral y social que su familia. De esta manera, el papel de la educación es la de perpetuar la jerarquía de clases, donde sólo alcanzarán el logro escolar, y finalmente, social, aquellos que han nacido dentro de las clases de mayor estatus sociocultural. La escuela es un espacio cerrado a cambios sociales.
Este pensamiento pesimista de Bordieu sobre el papel de la escuela en la sociedad no estuvo exento de críticas. En años posteriores, las ideas de Bordieu fueron recogidas y reestructuradas por las teorías de la resistencia, con un planteamiento más optimista, y de las que hablaremos a continuación.
Figura 5. Pierre Bordieu.
5. Teorías de la resistencia.
Las teorías de la resistencia se desarrollaron entre los años 80 y 90, en el Centro de Estudios Culturales Contemporáneos, un centro de investigación fundado en 1964 en la Universidad de Birmingham, Inglaterra. Estas teorías surgen como una segunda tentativa para abordar la relación entre los planos ideológico y económico en el ámbito educativo. Sus defensores se desmarcan de la consideración de que la escuela es un espacio cerrado a cambios, sino que consideran que es todo lo contrario: es un sitio de lucha, el lugar principal donde se abre la posibilidad al cambio social, que se puede abarcar desde la lucha política o a través de la pedagogía, actuando sobre el currículo y la práctica docente.
Para ello, estudiaron la escuela desde su interior, analizando desde múltiples perspectivas (la naturaleza de los centros y de las aulas, los estudiantes, los profesores, etc.) cómo se llevaban a cabo los procesos de reproducción. Bajo el término “resistencia”, intentaron explicar las tensiones que se producían entre los estudiantes y los procesos de escolarización, cómo sus comportamientos o actitudes de oposición a la escuela acababan determinando su fracaso escolar. Entre los estudios más relevantes de las teorías de la resistencia, se encuentra el de Paul Willis, en su obra “Aprendiendo a trabajar” (1997), y posteriormente, los estudios teóricos de Giroux (1983).
Figura 6. Paul Willis.
6. Teorías credencialistas.
Las teorías credencialistas fueron postuladas por un grupo de economistas alrededor los años 80 y 90, cuyo máximo exponente fue Randall Collins. Estas teorías cuestionaban de forma contundente la visión que tenían los teóricos del capital humano sobre el papel de la escuela como un espacio para aumentar la productividad de los individuos, donde la inversión y la duración de los años de estudio determinaban su estatus social en el futuro. En su lugar, proponían que ese estatus social debía estar determinado por la posesión de títulos académicos, que servirían a las empresas como instrumentos de “señalización” de capacidad y de competencia de trabajo para seleccionar a los individuos más cualificados. Así, desde la teoría del credencialismo, el sistema educativo tiene el papel de formar y seleccionar de entre todos, a los individuos que, en un futuro, ocuparán los cargos de mayor responsabilidad y de mayor retribución económica. Esta idea es la que conocemos como meritocracia, cuyo término fue acuñado por primera vez por el sociólogo británico Michael Young en su libro “El ascenso de la meritocracia” (1958), para referirse a un futuro distópico donde el sistema seleccionaba a los individuos en función de la valoración de méritos (sus aptitudes, talentos, inteligencia, etc.), para crear una élite, marginando a los que carecían de tales méritos.
Figura 7. Randall Collins.
Sin embargo, en la realidad actual se refleja y se palpa otra imagen distinta a la contemplada por los defensores de las teorías credencialistas, y la teoría del capital humano: pues muy a menudo, el grado de esfuerzo, dedicación e inversión que realizan los individuos a lo largo de su etapa de enseñanza para resaltar en el ámbito académico, y posteriormente en el mercado laboral, a grandes rasgos, no se ven social ni económicamente recompensados.
BIBLIOGRAFÍA
Feito, R. (2001). Teorías sociológicas de la educación. España: Universidad Complutense de Madrid. Recuperado el, 24(10), 2015.
Francés, M. Á. (2005). Socialización, educación y reproducción cultural: Bordieu y Bernstein. Revista interuniversitaria de formación del profesorado, 19(1), 159-174.
Moreno Becerra, J. L. (1982). La educación como determinante del salario: capital humano versus credencialismo.
Rigal, L. (2011). Lo implícito y lo explícito en los componentes pedagógicos de las teorías críticas en educación. Hilert, f., Ameijeiras, Mj & Graziano, N.[comp.]: La mirada pedagógica para el siglo XXI: teoría, temas y prácticas en cuestión. Reflexiones de un encuentro. Buenos Aires, Argentina: Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras-Universidad de Bs. As. Secretaría de Investigación y Posgrado.
Rivero, J. G. (2002). La educación como espacio de resistencia y transformación social. Filosofía, política y economía en el Laberinto, (10), 69-77.
Sever, M. (2012). A critical look at the theories of sociology of education. Journal of Human Sciences, 9(1), 671-650.







Comentarios
Publicar un comentario